Andrea Ortiz Parera
Andrea Ortiz Parera
Marketing de contenidos Comunicación estratégica SEO RRPP Redacción creativa
Andrea Ortiz Parera

Blog

La hoja en blanco no siempre está vacía

La hoja en blanco no siempre está vacía

Estoy rehaciendo mi web. Para quienes sepan mínimamente del tema, el motivo será bastante obvio. Llevo años justificándome con lo de “en casa de herrero, cuchara de palo”, y ya no cuela ni para mí.

Este rediseño pasa por una nueva autopromesa de publicar más a menudo en mi blog. Y lo peor es que no escribo poco porque no tenga nada que decir. He pensado largo y tendido sobre ello.

El síndrome de la página en blanco no siempre es falta de ideas

El “síndrome de la página en blanco” aparece en escritores que, supuestamente, no tienen nada que decir o temen hacerlo mal. En mi caso, el problema es que hay muchas cosas que quiero decir, están dispersas y se van enlazando unas con otras a modo de mapa mental interminable.

Esa clase de “pensamiento en racimo” es bastante habitual y, aunque se afirma que ayuda a la creatividad, desde mi experiencia diré que dificulta enormemente aterrizar las ideas, exponer de forma lineal y clara las conexiones y permitir que la gente que va a leerte comprenda lo que intentas contar.

En otras palabras, la hoja en blanco no me intimida. Lo que me intimida es tener que escoger. Trazar un camino para que exista conexión con el lector, para que pueda seguir el hilo de mis pensamientos, me obliga inevitablemente a priorizar, ordenar y descartar ideas. Y eso no es agradable.

Escribir es elegir una vida posible

La película Las vidas posibles de Mr. Nobody expone cómo tener que elegir genera una angustia que el protagonista no está dispuesto a aceptar. Si no escoge, todas las posibles vidas que puede tener permanecen disponibles.

Pero, aunque no decidir conserva las posibilidades, también impide que una de ellas se vuelva real.

A la hora de escribir me pasa algo similar. Existen muchos textos posibles a los que me cuesta renunciar, y de cada uno de ellos surgen nuevas ideas, nuevos textos, nuevas asociaciones. Mientras no los escribo, siguen con vida en mi pensamiento. Pero tú, que ya has leído hasta aquí, no los podrías leer. Y prefiero tenerte como lector de uno de mis textos a disponer de todos los textos posibles sin la oportunidad de que me estés leyendo.

Mi método dialéctico asistido por IA

Y por eso he creado un método.

Que no, que no intento venderte nada. En realidad lo he escrito así para que te quedes leyendo, pero el método hace siglos que existe. “Mi método” es algo que llevo usando desde hace años, solo que hoy me he dado cuenta de que lo estaba haciendo y le he puesto nombre: método dialéctico asistido por IA.

Y ahora viene cuando los filósofos encienden las antorchas para venir a buscarme a casa. Si me dais un momento para explicarme, os podré ahorrar la parafina.

El método dialéctico sustentado en el diálogo se usa desde los tiempos de Sócrates y Platón para intentar comprender la realidad desde la confrontación de ideas. Mis explosiones mentales de ideas en racimo precisan de ese diálogo para poder organizar, jerarquizar, rebatir y descartar. Para mí es esencial poder hablar sobre lo que estoy pensando para que pase de “ocurrencia” a “texto con algo de sentido”.

Usar la IA para pensar mejor, no para pensar por mí

La diferencia es que, desde hace un tiempo, utilizo la IA para dialogar. Y no es que no me guste dialogar con personas. Al contrario, me encantaría poder hacerlo más. Pero la inteligencia artificial tiene algo que a veces cuesta encontrar en una conversación humana: paciencia, disponibilidad y ausencia de ego propio.

En momentos de polarización como el actual, cada vez es más habitual que la gente viva la discrepancia como una agresión personal. Los diálogos, especialmente en redes sociales, ya no se transforman en crecimiento mutuo, sino en cámaras de eco cuando la cosa circula como nos agrada, o en batallas por tener razón y propinar el “zasca” más sonado cuando no nos gusta lo que leemos. Y eso no me ayuda.

Es cierto que la IA puede ser complaciente. Es cierto que puede inventar datos. Y es cierto que, precisamente por eso, no conviene usarla como autoridad, sino como herramienta sometida a instrucciones, contraste y revisión.

Lo cierto es que me resulta profundamente paradójico tener que dar instrucciones a una IA para que no me dé la razón. Pero eso es porque no uso la IA para que piense por mí. La uso para que no me deje pensar demasiado cómodamente.

La IA no es autora, ni oráculo, ni secretaria obediente. Es una mesa de pruebas. Y en esa mesa, he aprendido a podar.

Podar ideas para que el texto respire

Me gusta imaginar mis textos como el bonsái que el señor Miyagi enseñaba a podar a Daniel LaRusso. Recortar parte del árbol, darle forma, diseñarlo, es necesario si queremos revelar la imagen ideal que tenemos de ese pequeño arbolito en la cabeza. Incluso cuando las ramas de las que nos deshacemos están sanas y son bonitas.

Dar forma a las ideas es, muchas veces, tan importante como tenerlas. Ser capaz de comunicar bien implica dejar fuera aquello que no ayuda a la comprensión del texto. Hay que renunciar a algunas conexiones, por brillantes que parezcan, para que el artículo no se convierta en una selva.

Este problema es habitual a la hora de comunicar. Por eso muchas marcas, empresas y profesionales no logran transmitir aquello que desean. No porque lo que ofrecen no sea valioso, sino porque no está bien podado, estructurado y presentado. Y a mí me apasiona hacer eso.

Y no, no tiramos las ideas “que sobran”. Esas ideas son esquejes de nuevos artículos. No se quedan en el tintero: esperan su turno.

Quizá publicar más a menudo consista, precisamente, en aceptar eso. En no exigirle a cada texto que contenga toda la jungla que se forma en mi cabeza con cada idea. En elegir un bonsái concreto, imaginar su forma y podarlo hasta que deje de ser posibilidad y empiece a ser texto.